lunes, 29 de marzo de 1999

Sinfonía del desorden

Me puse a esbozar estas líneas con la idea de los nuevos auditorios en mi cabeza. Auditorios, escenarios donde se acude a escuchar los sonidos de músicas, discursos o coloquios. Sin embargo pronto me di cuenta que mi mente estaba en otros escenarios y mis oídos abiertos a otros sonidos. Mi escenario, como el de muchos en estos momentos, era Kosovo y mis sonidos los del fragor de la guerra moderna y las voces clamando a favor o en contra.
Escuchamos a la mayoría echar la culpa de todo a Milosevic, el dictador que maltrata a su pueblo y escuchamos también que sin él se acabaría el problema. Me acuerdo de Toscanini y la orquesta NBC y me entran todas las dudas del mundo. También el italiano maltrataba a sus músicos, a los profesores de una orquesta casi formada para él. Pero ni antes de él la NBC fue mucho, ni después de él volvió a ser algo. Simplemente porque no tenía vida real. Yugoslavia es otra cosa. Es la zona de la tierra en donde empezó a arder la mecha de todas las últimas contiendas europeas y mundiales. De entrada debe cierto temor y mucho qué pensar. Se trata de una zona donde viven juntos y revueltos pueblos de etnias y religiones muy diversas, pueblos que nunca han acabado de entenderse bien. Hay quien aduce que con Tito hubo paz. Sí, hubo una la paz de los silencios obligados. Al desaparecer él, el problema de fondo volvió a surgir en toda su crudeza, porque no era una ficción como la de la NBC. Desde entonces, un país llamado sobre el papel a un rápido desarrollo económico, ha sufrido las luchas cruentas entre croatas, bosnios, serbios, albaneses, etc. sin que parezca existir un final. Cada mañana nos levantamos pendientes de ataques, asesinatos en represalia, manifestaciones de protesta contra la intervención y amenazas de terceros países y, entre todo ello, se habla de un nuevo orden mundial. Falso, habría que hablar de un nuevo desorden mundial. Cuando alguien quiere ordenar algo es porque antes está desordenado. Y la política y las leyes internacionales lo están y mucho. ¿Cómo si no puede entenderse que para restablecer el orden internacional violado por Milosevic, la OTAN utilice la fuerza al margen del orden internacional establecido, es decir, sin pasar previamente por el acuerdo de las Naciones Unidas? ¿Cómo que las tropas alemanas hayan actuado fuera de sus fronteras por vez primera desde los acuerdos de la Segunda Guerra Mundial?
El caso Pinochet nos muestra la cruz de la misma moneda. Países extranjeros juzgan a un exdictador de un país soberano. Los jueces a quienes les ha tocado la china lanzada por un juez español a quien muchos presuponen delirios de grandeza, no saben qué leyes aplicar. Se recusan los jueces, se sustituyen y aparecen como por encanto nuevas argumentaciones legales. ¿No será acaso que, hoy día, los jueces deciden la conveniencia de una sentencia u otra y, en función de ello, se buscan los argumentos que apoyen su decisión? Se ha cambiado el sentido de la justicia por el de la conveniencia. Sabemos que así es. Hay multitud de ejemplos hasta en la vida cotidiana. ¿Qué juez condena a un ciclista que circulaba sin luces de noche por la carretera y es atropellado por un coche? Se condena al conductor del vehículo no por su culpabilidad, sino por tener un seguro que nunca tendrá el ciclista. Se sentencia lo que conviene, que alguien pague la recuperación del ciclista, no lo justo.
Por eso Pinochet, al margen de unas culpabilidades que aquí no son objeto de análisis, ya está condenado a vagar de un país a otro hasta que fallezca. Todos sabemos que una persona de su edad no puede ingresar en prisión. Todos sabemos igualmente que no conviene su vuelta a Chile. Todos sabemos que ningún gobierno europeo quiere, en el fondo, juzgar y castigar al dictador. Por tanto nada mejor que irse pasando la pelota de unos jugadores a otros hasta que Dios pite personal por posesión. Un síntoma claro del desorden al que me refiero.
Pero volvamos a Yugoslavia. Cuando EEUU atacó Iraq mientras Bosnia vivía su propio drama, todos los intelectuales pusieron el grito en el cielo: los imperialistas se ocupan de Iraq y no de Bosnia porque el primero tiene petróleo y el segundo nada. ¿Y ahora qué? La frivolidad es otro de los desórdenes actuales. Yugoslavia es un país soberano, cuyas leyes pueden amparar la unidad nacional, como la ampara nuestra propia constitución. Tito supo dotar de una cierta autonomía a aquella región que Milosevic fulminó. Pero, ¿eso da pié a que intervengan terceros países en los asuntos internos de un pueblo soberano? ¿En qué condiciones y bajo qué límites? ¿Se imaginan que afanes independentistas, con violaciones graves del orden público, surgieran en países menos lejanos, que fueran atajados por los gobiernos al amparo de constituciones vigentes y que terceros pretendiesen imponer su orden por medio de más fuerza? El marco político, legal y jurídico de nuestro mundo vive un completo desorden y es necesario ponerse a trabajar urgentemente para diseñar aquello que corresponda al mundo del tercer milenio.Y cuidado porque los desórdenes son muy peligrosos. Se prestan al saqueo. Hay países con graves problemas internos, políticos y sobre todo económicos, a quienes les vendría muy bien una huida hacia delante, engatusar al pueblo con un proyecto común contra el imperialismo occidental que proporcionase el horrible trabajo de la guerra pero anestesiase las penas. La humana envidia de los países hambrientos ante la opulencia de los desarrollados no es buen caldo de cultivo.

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